Una monja de Myanmar: “Nuestra Pascua, milagro de esperanza”.

Hay una nación en el sudeste asiático donde la Pascua ha generado un verdadero milagro. Se trata de Myanmar, donde hay miles de muertos a causa de una interminable guerra civil, que estalló hace tres años tras un golpe de Estado al que se opone una parte de la población y que cada día se cobra un enorme tributo de dolor y desesperación. Ese milagro no se ve a simple vista, es casi imperceptible, pero se revela en toda su fuerza cuando una monja sencilla y menuda cuenta cómo la pequeña comunidad cristiana del país se preparó para las celebraciones de Pascua y la fiesta del Resucitado.

La serenidad de la fe

Uno esperaría que la voz de Sor Beatriz se quebrara y se debilitara por el miedo, pero en cambio es más atronadora y tranquila que nunca. A los medios de comunicación vaticanos -que la contactan con dificultad en una pequeña ciudad del Estado de Kachin-, la monja, perteneciente a la congregación de las Hermanas de la Reparación, les revela una certeza: “La Pascua nos ha dado una esperanza nueva, viva, tenaz, concreta. Una esperanza aún más colorida que antes”. Ahí está, el milagro. Cuanto más experimentan estos fieles en su propia “piel el aumento de la violencia, de la injusticia, de la indiferencia, en muchas formas que pertenecen a la muerte, más encuentran en la fuerza de Cristo resucitado una esperanza indestructible”, afirma la religiosa.

Celebraciones en el bosque

Muchos, este año, se han visto obligados a celebrar la Pascua en los bosques porque sus parroquias han sido ocupadas por los militares: a menudo han sido convertidas en cuarteles o incluso destruidas. Los obispos, sacerdotes, religiosos y catequistas consiguieron escapar, explica Sor Beatriz, y “el pueblo de Dios les siguió. No podían permanecer separados. Cuando era posible, para evitar el peligro, las celebraciones tenían lugar antes de que llegara la noche, como en el caso de la Vigilia Pascual”.

Chicos y chicas enviados al matadero

La religiosa relata también que la violencia va en aumento: “Desde hace al menos tres meses, la junta birmana ha ido perdiendo muchas bases militares en diversas partes del país, lo que ha desencadenado combates más violentos y crueles”. A continuación, denuncia que los militares han obligado a muchachos y muchachas a ir a combatir. “No hay familias -dice- libres de dolor y miedo. No hay paz en el corazón de la gente, salvo la que trajo Jesús resucitado”. La Iglesia reacciona ante esta dramática situación estando con la gente, sin distinción de raza, color y religión. “Allí donde es posible experimentar un poco de serenidad, la Iglesia reza y ayuda mucho. Pedimos a la comunidad internacional que intervenga cuanto antes para detener esta violencia sin precedentes”, concluye la hermana Beatriz.

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