No hay razón para la guerra

¿Podemos cambiar el rumbo antes de que sea demasiado tarde, detenernos antes de deslizarnos hacia el abismo sin retorno? En estos ya siete meses, marcados por el horror de la guerra en Ucrania bajo el ataque de Rusia, el Papa Francisco ha hecho decenas de sentidos llamamientos a la paz, subrayando -el más reciente este miércoles en la audiencia general- que la guerra es una locura y más loco aún es el mero temor a usar armas nucleares, como ha hecho Vladimir Putin en estas horas. Muchos se quedaron atónitos, incrédulos, el 24 de febrero cuando Moscú comenzó su invasión contra Ucrania. Parecía imposible”, tuvieron que admitir incluso los analistas y expertos. El “despertar” de la realidad fue, pues, brutal, tan impactante que ahora parece que nos hemos resignado a lo peor, aunque ese peor sea equivalente al uso de una bomba atómica. Y, sin embargo, hasta hace unos meses, la humanidad creía haber relegado tal desastre a la historia para siempre.

Lo que también llama la atención es la escalada verbal que precedió y luego revigorizó, en un círculo vicioso mortal, la escalada bélica. Y que ha tenido como nefasta consecuencia un cupio dissolvi incluso exhibida en los medios de comunicación. Tanto es así que algunos muestran en Internet o en la televisión simulaciones de los efectos de una bomba atómica lanzada sobre una ciudad europea. Suena como “Wargames”. En cambio, como el Papa Francisco nos ha advertido tantas veces – vox clamantis in deserto – es la ‘Tercera Guerra Mundial’ y ya ni siquiera ‘en pedazos’.

A esta dinámica destructiva, el Pontífice ha respondido apelando ante todo a la razón. No a la fe, sino ante todo a la propia capacidad de razonar que distingue y une a todo ser humano, creyente y no creyente. Como subrayó -al principio de su pontificado- en su profética visita al santuario de Redipuglia con motivo del centenario de la Primera Guerra Mundial, “la guerra es una locura, su plan de desarrollo es la destrucción: ¡querer desarrollarse mediante la destrucción!” Esta afirmación, como tantas otras pronunciadas en este dramático 2022, recuerdan las palabras de otro Papa, un Papa santo, que unió indisolublemente su nombre al de la paz: Juan XXIII. También para el Papa Roncalli, la guerra -en la era atómica- es una locura. Está más allá de la razón. ‘Alienum est a ratione’, leemos en Pacem in terris. Una encíclica nacida de la dramática experiencia de la crisis de los misiles de Cuba, vivida -hace justo 60 años- en primera persona por el Papa que inauguró el Concilio Vaticano II en los mismos días en que la humanidad parecía dirigirse a un holocausto nuclear.

Juan XXIII pudo esperar contra viento y marea que Washington y Moscú se detuvieran a tiempo. No cedió a las sombrías predicciones de los “agoreros”, sino que, fuerte en su fe en Cristo, el Príncipe de la Paz, creyó en el arduo camino que lleva al diálogo, aunque pareciera imposible ver su recorrido. Aunque este diálogo “apeste”, diría hoy el Papa Francisco. Memorable sigue siendo el “Radiomessaggio per l’intesa e la concordia dei popoli”, emitido a través de Radio Vaticano, el 25 de octubre de 1962, en plena confrontación entre americanos y soviéticos.

Miles son ya las víctimas de esta guerra sin sentido, millones los desplazados, inmenso es el sufrimiento que soporta el pueblo ucraniano. De esta locura surgen, día tras día, esas monstruosidades de las que hablaba Francisco y de las que también ha sido testigo en los últimos días su Limosnero Konrad Krajewski. Las armas deben callar finalmente. “El hombre – decía Juan Pablo II – sufre sobre todo por falta de visión”. Hoy, la visión que le falta a la humanidad es la de la paz. La visión necesaria que nos señala el Papa Francisco.

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