Los pobres nos evangelizan

Como cada año desde 2017 celebramos en estos días la Jornada mundial de los pobres, instituida por Francisco como fruto del Jubileo de la Misericordia y confirmada en la nueva Constitución sobre la Curia Romana (cf. Praedicate Evangelium 57). La intención del Papa es que esta Jornada ayude “a las comunidades y a cada bautizado a reflexionar cómo la pobreza está en el corazón del Evangelio y sobre el hecho que, mientras Lázaro esté echado a la puerta de nuestra casa (cf. Lc 16,19-21), no podrá haber justicia ni paz social” (Misericordia et Misera 21).

De hecho, la preferencia de Dios por el pobre –tan atestiguada por la Escritura– es algo que va a contracorriente de cierto sentido común reinante en las sociedades modernas. Por eso resulta tan necesario facilitar las ocasiones para contemplar este misterio y de algún modo palparlo en la cercanía amorosa a la vida de los pobres. Francisco parece haber transitado personalmente este camino y nos señala una huella cuando afirma: “Quiero una Iglesia pobre para los pobres. Ellos tienen mucho que enseñarnos. Además de participar del sensus fidei, en sus propios dolores conocen al Cristo sufriente. Es necesario que todos nos dejemos evangelizar por ellos” (Evangelii Gaudium 198).

A primera vista, la afirmación de que los pobres son capaces de evangelizarnos podría parecer una concesión indulgente, fundada en la misericordia que nos inspiran y en la humildad de sentirnos en la necesidad de ser siempre evangelizados. Es sabido que por lo general los pobres, ocupados permanentemente en sobrellevar los desafíos y sufrimientos propios de la pobreza, no tienen tiempo para dedicarse explícitamente a la evangelización. Por otra parte, al hablar de sujetos evangelizadores instintivamente nos viene a la mente la caracterización de un agente de pastoral comprometido y versado en la doctrina cristiana y nos resulta difícil conjugarla con los pobres concretos, que en su gran mayoría –a pesar de su fe firme– no saben hilvanar las proposiciones del Credo (cf. Evangelii Gaudium 125).

Sin embargo, la invitación a dejarnos evangelizar por ellos tiene fundadas razones. Lo primero que puede ayudarnos a entenderla es tener en cuenta que la evangelización se realiza ante todo con el testimonio de vida. En una ocasión San Francisco envió a predicar a sus hermanos con esta exhortación: “prediquen el Evangelio en todo momento y si es necesario usen las palabras”. Sin negar la necesidad de un anuncio explícito de parte de la Iglesia, debemos reconocer que toda acción evangelizadora se funda en un testimonio. Evangelizar es invitar a creer y creer es tomar como verdadero algo de lo que no tenemos evidencia empírica pero a lo que asentimos porque le damos fe a quien lo propone. Sólo creemos si el testigo es creíble. Nuestra fe se funda en el testimonio que Cristo dio del amor del Padre. Él se comprometió en esa tarea al punto de dar su vida y se convirtió para nosotros en un “testigo digno de fe” (Apoc 1,5). Los apóstoles fueron testigos de estos hechos salvíficos y ofrecieron –también con su vida entregada– un testimonio que la Iglesia transmite hasta nuestros días bajo el impulso del Espíritu Santo. El Evangelio es anunciado no sólo en las tareas pastorales sino también en la medida en que los cristianos lo encarnan en sus vidas. Este anuncio vital tiene especial relevancia en nuestros días en que –según la feliz expresión de San Pablo VI– se “escucha más a gusto a los testigos que a los maestros, y si se escucha a los que enseñan es porque dan testimonio” (Evangelii Nuntiandi 41).

En el caso de los pobres, ellos –sin necesidad de hablar de Dios– nos dan testimonio de la cruz de Cristo. Cuando Francisco nos dice que “en sus propios dolores conocen al Cristo sufriente” nos invita a contemplar un misterio al que debemos acercarnos con respeto y veneración. Siempre que hablamos del dolor ajeno debemos velar por no profanarlo con palabras huecas. Aun así, desde la Revelación podemos decir que hay una misteriosa conexión entre el sufrimiento humano y la Pasión redentora de Cristo. San Juan Pablo II, en su profunda Carta sobre el valor salvífico del dolor, nos recuerda que “a través de los siglos y generaciones se ha constatado que en el sufrimiento se esconde una particular fuerza que acerca interiormente el hombre a Cristo, una gracia especial” (Salvifici Doloris 23). Las multitudes de descartados por nuestras sociedades, con sus enormes cargas de dolor, comparten de un modo misterioso y profundo la Pasión de Cristo. Esta asociación no depende de que los pobres tengan consciencia de ella. Basta que sufran para que estén atados a la suerte de Cristo. Como Lázaro, que recibió el consuelo de la salvación no por su conducta sino porque “en esta vida recibió males” (Lc 16,25). En esta línea, el teólogo argentino Rafael Tello afirma: “a la convicción de que los pobres son los preferidos de Dios, se ha de añadir que ellos se salvan principalmente por lo que tienen que sufrir, más que por lo que tienen que hacer” (Pobres y pobreza hoy, 21).

Los pobres viven y anuncian el Evangelio del sufrimiento (cf. Salvifici Doloris VI). En ellos se continúa la Pasión de Cristo, fuente de la que procede todo perdón de los pecados. Las vidas de quienes participan de esta forma de la cruz de Cristo tienen una especial fuerza salvífica que Francisco nos llama a reconocer y a través de la cual Dios quiere comunicarnos una misteriosa sabiduría (cf. Evangelii Gaudium 198). En la medida en que nuestro amor cristiano replica la preferencia de Dios por los pobres, en la medida en que nos acercamos amorosamente a compartir sus vidas y curar sus heridas, podremos ir captando dimensiones del misterio de Cristo a las que difícilmente accede la teología. Hay cosas que sólo se pueden conocer amando. Amar a los pobres como Dios los ama es un fecundo camino para obtener la mejor de las riquezas: el encuentro con Aquél que “siendo rico se hizo pobre” (2Co 8,9). Entre los pobres siempre es más lo que recibimos que lo que damos.

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