La fuerza de la vulnerabilidad, un bien valioso para las monjas misioneras

La vulnerabilidad es una cualidad fundamental de toda auténtica misión cristiana, porque estamos llamadas a seguir a Cristo, ‘el cual, siendo de condición divina, no estimó el ser igual a Dios como cosa a que aferrarse, sino que se despojó a sí mismo tomando la condición de siervo…’ (Flp 2,6-8). La Kénosis de Cristo hace de la vulnerabilidad una forma de ser misionera y un medio importante para la misión.

La llamada del Papa Francisco a entrar en este Proceso Sinodal es, en última instancia, una llamada renovada a la misión, pero no desde la posición de poder y autoridad (…).  Esto no se puede alcanzar sin aceptar y abrazar nuestra vulnerabilidad. Para nosotras como misioneras, la vulnerabilidad es un bien para la misión, más que una carga; porque nos permite adentrarnos más profundamente en la realidad humana a través de nuestra propia participación en lo débil, oprimido y pobre (…). Cuando abrazamos nuestra propia vulnerabilidad, nos acercamos más a las personas que necesitan luz y liberación.

La importancia de traer novedad

A veces, África es llamada el “jardín de la Iglesia en el siglo XX”, debido al fascinante crecimiento de la Iglesia en el continente africano en los siglos XIX y XX (…). Dos documentos tratan extensivamente esta perspectiva de la misión: Evangelium Gaudium (2013) y Laudato si’ (2015), los cuales establecen el tono del Pontificado del Papa Francisco. De 4 millones de cristianos en 1900, se ha pasado a más de 300 millones de cristianos en el año 2000.

Una de sus implicaciones es que ya no hay países que exclusivamente envían misioneros ni países que exclusivamente reciben misioneros (…). Este cambio afecta la dinámica de poder…. ¡La geografía de la misión ha cambiado! Gracias a Dios, la misión cristiana ahora está separada de su vínculo histórico con la colonización y la occidentalización (…).

Me han preguntado por qué los africanos tenemos que preocuparnos de salir de nuestro continente como misioneros con la multitud de problemas que tenemos. A esto respondo que la llamada a la misión no es una competencia de autosuficiencia, a la que sólo pueden responder los que son fuertes y no tienen problemas. Esta tendencia excluyente es problemática porque asocia misión con poder, influencia política, riqueza material, colonización y dominación. Como misionera africana, me siento llamada a cambiar esta narrativa, a traer novedad, sencillez y energía despojada de poderes económicos y político (…).

Abrazar la vulnerabilidad

Los misioneros que conocí en mi infancia no eran considerados hombres y mujeres vulnerables. Cuando salí de África en 1994, me di cuenta de que yo no era recibida como misionera; más bien, se me consideraba una trabajadora inmigrante que había venido en busca de mejor vida. Mi deseo de entrega total se vio sacudida, pues me afectaba la creencia de muchos que afirmaban que un africano tiene poco que ofrecer. Me di cuenta de que para muchas personas no africanas, el continente solo estaba asociado a la pobreza, la guerra, la violencia, el desorden, la vida primitiva, las enfermedades, las guerras étnicas, la inestabilidad política y la corrupción. Si bien estas realidades no se pueden negar, África también es una tierra prometida, por su vida vibrante, su resiliencia, juventud, amor por la comunidad, hospitalidad, generosidad y religiosidad.

Como misionera de África, aprendí a abrazar esta vulnerabilidad que me imponen los prejuicios, mientras asumo humildemente la dignidad de cambiar la narrativa. Todos somos víctimas del síndrome de la historia única, construido sobre los prejuicios de los demás sobre nosotros. Todos llevamos el peso de nuestra identidad y esto se pone en evidencia cuando salimos de nuestro propio medio, y nos vemos afectados por el juicio de los demás. La escritora nigeriana Chimamanda Ngozi Adichie lo ha expresado de forma muy hermosa: “No es que la única historia no sea cierta, pero no es la única historia” (…).

Como misioneras, estamos llamadas a construir la comunión en esta diversidad abrazando su belleza y fragilidad. Al concluir esta reflexión, me desafío a mí misma y a cada una de ustedes a abrazar nuestra propia vulnerabilidad. Mi propia vulnerabilidad como mujer en una sociedad y en una Iglesia patriarcal, una africana en un mundo de luchas de poder global, una religiosa en un mundo de creciente indiferencia e intolerancia religiosa, una misionera en un mundo xenófobo y llamada a la periferia en un mundo donde sólo importa el centro. Esto es para mí abrazar la vulnerabilidad desde arriba y desde abajo.

*Misionera y consejera general de la congregación de Nuestra Señora de los Apóstoles

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